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La diferencia entre soñar y observar el sueño: el nacimiento de la conciencia onírica

 

Para los que estáis haciendo el curso de Sueños y Mundo Onírico, y como parte de la experiencia cotidiana de los sueños que se va incrementando a medida que uno pone en práctica las diferentes técnicas y métodos para recordarlos y trabajar con ellos, ya veis que, en la mayoría de ocasiones, se atraviesan cada noche escenarios, situaciones, emociones e incluso conflictos profundamente significativos sin llegar a que terminemos de ser del todo conscientes de que estamos viviendo una realidad generada por los procesos subconscientes de nuestra propia mente, lo que convierte al sueño en un proceso automático, pasivo, y, en gran medida, desaprovechado desde el punto de vista del autoconocimiento.

Sin embargo, con la práctica repetida y la experiencia, existe un momento sutil, casi imperceptible, en el que esta dinámica puede cambiar radicalmente: el instante en el que el soñador deja de estar completamente absorbido por la narrativa del sueño y comienza a observarla. Ese instante es el que marca el nacimiento de la conciencia onírica, una transición fundamental que no solo transforma la experiencia del sueño, sino que también abre la puerta a una comprensión más profunda de la mente y de los procesos de archivado y gestión del material del cuerpo mental que se están llevando a cabo por la noche, así como de la percepción que tenemos de ellos y, en última instancia, de la propia realidad que se intenta reorganizar en nuestra psique tras cada día de almacenamiento y recopilación de datos.

Soñar: la inmersión total en la narrativa inconsciente

Cuando soñamos de forma habitual, lo hacemos desde un estado en el que la conciencia reflexiva, aquella que nos permite cuestionar, analizar o distanciarnos de lo que ocurre se encuentra prácticamente inactiva, lo que implica que aceptamos como real todo lo que sucede, por incoherente o imposible que pueda parecer desde la perspectiva de la personalidad y nuestros yoes “de vigilia”.

En este estado, el soñador no se reconoce como creador ni como observador de la experiencia, sino que se identifica completamente con ella, reaccionando emocionalmente a los estímulos del sueño como si fueran eventos externos y objetivos que el cuerpo estuviera recibiendo en la vida “real”. Así, podemos sentir miedo al ser perseguidos, tristeza ante una pérdida o euforia ante una situación favorable dentro del sueño con la misma intensidad que fuera de este, sin cuestionarnos en ningún momento la naturaleza de lo que estamos viviendo.

Soñar, en este sentido, es estar completamente dentro de la experiencia onírica sin saber que se está dentro de ella, lo que convierte al sueño en una especie de simulación inmersiva donde la mente proyecta contenidos emocionales, simbólicos y narrativos que el soñador experimenta como si fueran ajenos a sí mismo.

Este fenómeno está profundamente relacionado con la forma en la que funciona la esfera mental subconsciente, que organiza, procesa y expresa información a través de imágenes, metáforas y escenarios que no siguen necesariamente la lógica lineal de la vigilia, pero que poseen una coherencia interna propia, muchas veces más emocional que racional.

Observar el sueño: el surgimiento del testigo interno

Frente a este estado de inmersión total, existe otra posibilidad: la de comenzar a observar el sueño mientras este ocurre, lo que implica la activación de una forma de conciencia que no está completamente absorbida por la experiencia de lo que se está captando o “viendo” en el sueño, sino que mantiene una cierta distancia respecto a ella.

Observar el sueño no significa necesariamente controlarlo, sino reconocerlo, y este matiz es esencial, porque marca la diferencia entre la manipulación del entorno onírico y la comprensión de su naturaleza. Es decir, cuando nosotros, soñando, empezamos a observar ese sueño, aparece una especie de “doble posicionamiento”: por un lado, uno sigue estando dentro del sueño, interactuando con él, pero, por otro lado, emerge una capa de conciencia (uno de nuestros yoes que hace de puente entre el estado de vigilia y los procesos subconscientes) que es capaz de darse cuenta de que todo lo que está ocurriendo forma parte de un proceso interno.

Este fenómeno, que en los sueños lúcidos se manifiesta de forma clara, representa la activación de lo que podríamos llamar el “yo testigo interno” (el nombre me lo invento, es para describirlo de forma que se entienda), una parte de los yoes que forman la personalidad dependiente del “yo observador” y que no se limita a reaccionar, sino que percibe, reconoce y, en muchos casos, comprende suficientemente bien aquel contenido mental que está dando lugar a ese sueño.

Aquí es donde el sueño deja de ser únicamente una experiencia y se convierte en un espacio de observación consciente, lo que transforma radicalmente su potencial, pasando de ser un simple reflejo de procesos internos a convertirse en una herramienta activa de exploración de aquello que esté formando parte de nuestra programación y contenido psíquico y energético de nuestra AVH.

El paso de la inconsciencia a la lucidez

Uno de los aspectos más interesantes de este proceso es que el cambio no ocurre en el contenido del sueño, sino en la forma en que el soñador se relaciona con él. Es decir, el escenario puede seguir siendo el mismo (una ciudad, una casa, una situación cotidiana o incluso una pesadilla), pero la experiencia subjetiva cambia completamente cuando aparece la conciencia del “yo testigo” para observarla.

Es decir, el nacimiento de la lucidez no implica entrar en otro mundo o nivel dentro del propio sueño, sino ver de forma diferente el mismo mundo que nuestro subconsciente está generando mientras realiza sus tareas de mantenimiento de la psique, lo que tiene implicaciones profundas no solo para el trabajo con el mundo onírico, sino también para la comprensión de la percepción en la vida diaria.

Este cambio está relacionado, entre otros factores, con la activación por el Yo Observador de áreas del cerebro vinculadas a la autoconciencia y la toma de decisiones, como la corteza prefrontal, que en los sueños normales suele estar menos activa, pero que en los sueños lúcidos participa en la experiencia, generando un estado híbrido entre el sueño y la vigilia. Y, desde un punto de vista de experiencia que se tiene por la noche, este estado se caracteriza por la capacidad de pensar, recordar, cuestionar e incluso decidir dentro del sueño, lo que introduce una dimensión completamente nueva en la experiencia onírica.

La importancia de reconocer sin controlar

Luego, más allá de la activación de este “yo testigo”, que depende del “yo observador”, una de las confusiones más comunes cuando se habla de sueños lúcidos es la idea de que su objetivo principal es controlar el sueño, es decir, modificar el entorno, volar, cambiar escenarios o crear situaciones a voluntad.

Si bien estas posibilidades existen y forman parte de la experiencia, y seguro que los que estáis haciendo los ejercicios del curso lo vais a conseguir en algún momento, reducir la lucidez al control es limitar profundamente su potencial, ya que el verdadero valor de este estado reside en la capacidad de observar, interactuar y comprender lo que emerge desde los estratos subconsciente e inconsciente del cuerpo mental.

De hecho, en muchos casos, intentar controlar el sueño de forma excesiva puede generar una pérdida de profundidad en la experiencia, alejando al soñador de los contenidos que podrían aportar más información a cómo estamos “construidos” internamente. Básicamente, al menos en mi experiencia personal, observar tus sueños de forma más o menos consciente implica permitir que el sueño se exprese, mientras se mantiene la conciencia de que se está soñando, lo que crea un equilibrio entre participación y distancia, entre experiencia y comprensión del contenido onírico.

Este equilibrio es el que permite, por ejemplo, enfrentarse a una pesadilla de forma consciente, no para eliminarla, sino para comprender el mensaje o la emoción que está detrás de ella, transformando así la relación con el contenido onírico y, luego, en vigilia, poder trabajar con tu YS, o con la técnica que sea, para afrontar las causas de ese tema que causa esa pesadilla nocturna y solucionarlo para siempre.

El sueño como espejo: de la reacción a la comprensión

Por lo tanto, cuando estamos soñando en general no solemos observar, sino reaccionar según programación a lo que se genere en el proceso del sueño, pero, cuando se consigue observar el sueño, entonces se activan muchos procesos de comprensión del propio material soñado. Esta transición resume de forma clara el cambio que se produce con el nacimiento de la conciencia onírica.

En el estado de sueño inconsciente, las emociones dominan la experiencia, y el soñador se ve arrastrado por ellas sin capacidad de cuestionamiento. En cambio, cuando aparece la observación, se abre un espacio entre el estímulo y la respuesta, lo que permite una relación diferente con lo que ocurre. El sueño se convierte entonces en un espejo consciente de la propia mente, donde es posible ver reflejados patrones, miedos, deseos o conflictos sin quedar completamente atrapado en ellos y poder despertarte por la mañana con material nuevo para trabajar sobre aspectos de nosotros de los que, hasta la noche anterior, no habíamos sido conscientes.

Este cambio de relación es el que permite utilizar el sueño como una herramienta de transformación, ya que introduce la posibilidad de intervenir no necesariamente modificando el entorno, sino cambiando la forma de percibirlo, lo que tiene un impacto directo en la integración psicológica.

La continuidad de la conciencia: del sueño a la vigilia

Uno de los aspectos más profundos de este proceso es que la capacidad de observar el sueño no surge de forma aislada, sino que está estrechamente relacionada con la calidad de la atención en la vida diaria.

No se aprende a observar en sueños sin aprender antes a observar en la vigilia, ya que ambos estados comparten mecanismos similares en cuanto a la gestión de la atención y la conciencia.

La práctica de la autoobservación (que potencia el “Yo Observador”), el cuestionamiento de la realidad, la atención a los propios pensamientos y emociones, y el desarrollo de una actitud reflexiva durante el día, son factores que facilitan la aparición de la lucidez durante el sueño por la activación paulatina del “Yo testigo”.

De este modo, el trabajo con los sueños deja de ser una práctica aislada para convertirse en parte de un proceso más amplio de desarrollo de la conciencia, donde la frontera entre vigilia y sueño comienza a difuminarse y que conlleva que también durante la vigilia vayamos haciendo ejercicios y potenciando las partes de nuestra psique que luego permiten una mejor experiencia onírica.

El inicio de un camino consciente

La diferencia entre soñar y observar el sueño no es simplemente una cuestión técnica o experiencial, sino un cambio profundo en la relación con la propia mente, con la percepción y con la realidad que proyectamos nosotros mismos usando ese mismo material que ordenamos y archivamos cada noche, y con el que soñamos luego.

El nacimiento de la conciencia onírica marca el inicio de un camino en el que el soñador deja de ser un espectador pasivo de sus procesos internos para convertirse en un participante consciente de ellos, abriendo así la posibilidad de explorar, comprender y transformar aspectos que, de otro modo, permanecerían ocultos o inaccesibles. Como tenemos ya en nosotros todas las herramientas y mecanismos que necesitamos para ello, se trata de poner énfasis en ciertos aspectos, técnicas y métodos de forma consciente de manera que se den, por si solos, los procesos necesarios para ser conscientes dentro del soñar tanto como somos conscientes dentro de la “vigilia”.

En este sentido, aprender a observar el sueño no es solo aprender a tener sueños lúcidos, sino empezar a desarrollar una forma de conciencia que puede extenderse más allá del mundo onírico, influyendo en la manera en que se vive, se percibe y se comprende la realidad en todos sus niveles.

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