
Igual que os había comentado en uno de los posts anteriores que toda la programación de la psique del ser humano tiene asignadas diferentes redes neuronales para conectar la parte fisiológica de nuestro avatar con la AVH etérica, emocional, mental, etc., otro elemento de la parte más “física” que imbuye los códigos de cómo funcionamos a todos los niveles se encuentra codificado en nuestro ADN.
El ADN, y esto ya lo sabéis todos o casi todos, no solo contiene información biológica, sino también patrones energéticos y programas que igualmente conectan la AVH mental con el avatar que usamos, para que exista coherencia entre el “vehículo” que “conducimos” y sus instrucciones de funcionamiento.
De hecho, existe siempre una correlación entre programación de la psique y genes que contienen instrucciones de esa programación, de forma que, muchos de los potenciales psíquicos y energéticos que posee el avatar humano, se encuentran no solo en forma de programa en las esferas mentales sino profundamente codificados en la genética de nuestro cuerpo.
De esta manera, se transmite de generación en generación la programación del ser humano, pues esta nos llega no solo vía conexión con los inconscientes colectivos y por otros canales «mentales», sino también heredada a través de nuestros linajes, perpetuando creencias, bloqueos y estructuras de comportamiento que pueden no corresponder a la identidad esencial del ser que somos al encarnar, pero que nos los encontramos “de serie” cuando nacemos en el cuerpo que vamos a ocupar el resto de nuestra vida. Esta herencia energética explica por qué determinadas situaciones, problemas, bloqueos, configuraciones energéticas, etc., parecen aparecer o repetirse en líneas familiares sin una causa aparente exclusivamente psicológica o un suceso que las haya detonado o causado.
Tomar conciencia de estos posibles bloqueos, alteraciones, configuraciones, etc., en el ADN, algo que se trabaja en el nivel 2 de la formación de la escuela, permite iniciar procesos de liberación que no solo impactan en la experiencia personal de nuestra realidad local y vida actual, sino también en el legado que dejamos a quienes nos suceden, ya que, si nuestros genes van paulatinamente cambiando por la sanación y desprogramación que hagamos, así tal cual lo transmitiremos a la siguiente generación que los herede.
La desprogramación, en este sentido, se convierte en un acto de «evolución transgeneracional», capaz de modificar la continuidad y evitar la transmisión de ciertos patrones, programas, y elementos limitantes de nuestra AVH a los que nos han de suceder, pues ya heredarán otra configuración relativamente “mejor” en la genética que ha de servirles en sus siguientes procesos de crecimiento y los cambios que, generación a generación, se van dando con ello.
