
Uno de los elementos que definen con más fuerza la visión del mundo que tenemos es el arquetipo moral, que es uno de los componentes más influyentes en la configuración de la conducta humana, pues define lo que consideramos correcto o incorrecto, aceptable o rechazable, digno o condenable, tanto en nosotros como en los demás.
Su contenido (los programas y sistemas de creencias que almacena) varía según la cultura, la época histórica y el contexto social, lo que evidencia que no responde a una verdad universal inmutable, sino a una programación colectiva que va por regiones, religiones, culturas y “estándares” de comportamiento locales.
Como ya podéis suponer, dos arquetipos morales programados de dos formas antagónicas en dos partes del mundo hacen que la proyección y decodificación de un elemento de la realidad común para una zona sea “bueno” y “aceptable” para unos y, ese mismo elemento en otra parte del mundo, para otra psique con un contenido opuesto del mismo arquetipo, hace que sea “malo” y “negativo” para los otros.
Cuando este arquetipo es manipulado, puede convertirse en un potente generador de conflicto, ya que activa en las personas programas emocionales asociados al miedo, la defensa o la superioridad moral.
De este modo, lo que en un lugar se percibe como legítimo, en otro puede considerarse ofensivo, creando tensiones que no surgen de una esencia objetiva del bien o del mal, sino de la confrontación entre programaciones diferentes, usadas para propósitos que ninguna de las dos partes comprende y pudiendo convertir grupos de personas, regiones, o incluso países, en fáciles mechas con las que prender cualquier tipo de conflicto y enfrentamiento que puede que solo sirvan al interés de terceras partes no necesariamente involucradas en la disputa.
