
Una de las primeras cosas que os explico en el curso de búsqueda y puesta en marcha de la misión y propósito de vida es que sólo cuando hay un objetivo detrás de todo lo que ejecutamos, que nos impulsa a realizar un cierto tipo de acciones de forma relativamente consciente, es cuando le damos más importancia a todo eso que hacemos para conseguir lo que queremos. En general, para la mayoría de nosotros, si no hay una razón que nos incite a llevar a cabo la mayoría de tareas que tenemos que hacer, no solemos dedicarle esfuerzo, entusiasmo o motivación alguna en particular. Sin un objetivo para hacer las cosas, sea el que sea, las haríamos si acaso solo porque hay una obligación o penalización importante, y en general sin ningún interés especial en hacerlo bien, porqué ni esas tareas ni los proyectos o contextos asociados tendrían un valor real o lo suficientemente grande como para que nos preocupáramos por ello.
En el día a día, la primera razón que nos impulsa a hacer algo es la más simple y obvia, y la más generalizada. Todos hacemos las cosas más o menos por lo mismo: para poder cubrir necesidades y vivir mejor, y eso es lo que da sentido, en un alto porcentaje de nuestras vidas, a los diferentes objetivos que nos marcamos, con sus proyectos relacionados y sus tareas correspondientes, ya que, en este caso, esos objetivos forman parte de un contexto mayor importante para nuestra psicología y forma de vida.
Contextos de supervivencia y cobertura de las necesidades humanas
Para todos nosotros, al menos en esta sociedad occidental y “moderna”, por el estilo de vida que llevamos, el contexto mayor que hace que nuestros objetivos sean relevantes son las necesidades humanas que tenemos, lo que queremos y necesitamos en nuestro día a día, desde la supervivencia básica hasta la necesidad de sentirnos parte de la sociedad, conectar con otros, proveernos de las necesidades anímicas y afectivas que necesitamos, etc.
Por ello, los objetivos que nos proponemos a lo largo de la vida cobran sentido y nos motivan cuando satisfacen alguna de esas necesidades, sea la que sea. Si no lo hace, en la mayoría de casos, no forma parte de algo que nos pueda interesar. ¿Quién pasaría horas, días, semanas o meses trabajando por conseguir un objetivo que no tiene ninguna relación con absolutamente nada que le pueda hacer falta, que quiera mejorar, tener, cambiar o satisfaga alguno de sus deseos o necesidades sea física, emocional, anímica, intelectual o espiritual?
En psicología, se llaman contextos de supervivencia a todo aquello que esté destinado a satisfacer nuestra parte material, física y anímica que, como seres humanos, necesitamos (tener ciertas posesiones materiales, familia, necesidades afectivas, estatus social adecuado, etc.). Estos contextos de supervivencia son los más comunes, en los cuales ponemos más empeño, y donde definimos la mayoría de nuestros objetivos cada principio de año. Por ejemplo ¿por qué quieres ir al gimnasio? Para adelgazar y ponerme en forma, diríamos. Bien ¿y eso en qué contexto se engloba?
Básicamente sabemos que ir al gimnasio nos proporciona sensación de bienestar, nos hace sentir más atractivos, incluso nos da más opciones de entrar en ciertos grupos o círculos, o conocer cierto tipo de gente, lo que nos dice que lo que podemos estar buscando inconscientemente es cubrir parte de nuestras necesidades afectivas o poder aumentar nuestra autoestima y, con ello, nuestra seguridad en el mundo en el que nos movemos.
Siguiendo en la misma línea. ¿Por qué nos proponemos aprender un nuevo idioma por ejemplo? Normalmente para mejorar nuestras posibilidades de encontrar un trabajo mejor, quizá subir en el escalafón de nuestra empresa, ganar un mayor sueldo, poder comprarnos más cosas y cubrir más necesidades materiales. En el fondo, casi todo lo que hacemos, a priori, se puede englobar en este tipo de contextos de supervivencia, entendiendo que hay muchos niveles y diferencias entre los diferentes objetivos que pertenecen a estas necesidades, y que cada cual define y tiene las suyas propias acorde a su programación, nivel de realidad y sistema de creencias.
Salir de los contextos de supervivencia
Entonces, para encontrar la respuesta a la pregunta que os planteo en el curso de ¿yo que hago con mi vida? hay que salir de los contextos de supervivencia, ya que, si no lo hacemos, hay ciertos objetivos que nunca seremos capaces de alcanzar, primero porque estaremos tan ocupados en mantener y ampliar nuestras propias posesiones materiales que ni siquiera nos los plantearemos, y, segundo, porque aunque tengamos algún atisbo de que deberíamos cambiar el tipo de objetivos que nos ponemos en la vida, no sabremos cómo hacerlo.
Así, visto lo anterior, hay que darse cuenta de la importancia de encontrar un objetivo global más elevado que nos guie siempre, hacer cosas que nos aporten esa autorrealización y buscar algo más grande, más espiritual quizá, relacionado con nuestra evolución como personas. Si hemos trascendido y conseguido los objetivos que podemos proponernos en el ámbito de necesidad y supervivencia, no tenemos demasiada elección: o nos encontramos estancados y sin saber con qué darle sentido a nuestra existencia o estamos ya buscando desesperadamente un contexto más grande que sea más flexible y nos proporcione de nuevo esa chispa que nos hace falta para vivir felices y contentos.
Nuevo contexto: el propósito de mi vida
Ese contexto más grande no es otro que encontrar o descubrir una misión, un propósito en la vida por el cual guiarnos en todas y cada una de las situaciones por las que pasemos, algo por lo que valga la pena levantarse cada mañana. Buscamos, sin saberlo, la vía para poner en práctica aquello que nos gusta hacer, un contexto en el cual encajen absolutamente todos nuestros objetivos relacionados con el “ser” y el “hacer” y no tanto con el “tener”.
Al igual que nosotros lo llamamos nuestra misión o propósito en la vida, podemos pensar en ello también como la máxima que da sentido y hace que todo cuadre, que las cosas que hagamos y las elecciones que tomemos tengan un significado, sean coherentes y nos faciliten el camino hacia la felicidad. Si nos sentimos guiados y protegidos por eso que consideramos nuestra misión o propósito, veremos que seguimos un rumbo y sabremos hacia dónde ilumina el faro que guía nuestro barco y nuestro viaje.
Así, la representación de todo lo que hacemos podría ser algo así:

En la rama de la izquierda, y para muchas personas, las tareas que hacemos, los proyectos que creamos y los objetivos que nos proponemos están siempre relacionados con nuestras necesidades físicas y terminan comportándose como un bucle, pues volvemos a plantear el mismo tipo de objetivos para conseguir más de lo que tenemos. Sólo si somos capaces de darnos cuenta de que una vez cubierto todo lo básico aún necesitamos tener algo más, podemos movernos hacia el establecimiento de objetivos relacionados con nuestro desarrollo personal (que en ningún caso son excluyentes del primer tipo de objetivos).
Es en esta otra rama en la que nuestros objetivos se enfocan en conseguir algo a través de lo que podamos realizarnos como personas, cumpliendo lo que podría dar sentido a todo aquello que hacemos y queremos alcanzar: el contexto de nuestra misión en la vida, gracias al cual, sin excepción, se cubrirán nuestras necesidades personales físicas y anímicas, incluso más fácilmente que simplemente esforzándonos por lo mismo pero en contextos de supervivencia. Con un cierto trabajo personal, obtener las diferentes piezas del rompecabezas que te llevan a encontrar ese propósito, y a desarrollar la forma de ponerlo en marcha de forma práctica, es lo que te permite dar ese salto evolutivo y pasar a sentirte guiado/a por algo mayor que le da sentido a todo lo demás.

